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Gustavo Rodríguez, premio Alfaguara: «Cuando yo escribo una novela no busco referencias. Temo contaminarme»

Escritor peruano presentó en Trujillo "Mamita", su último libro, con el que pretende rendirle un homenaje a su madre.

Gustavo Rodríguez acaba de bajarse de un avión y subirse a un taxi.

Acaba de sobrevivir a la trocha que une al aeropuerto con el centro de Trujillo.

Acaba de entrar a su hotel, registrarse, subir a su habitación y bajar a brindar entrevistas con cara de viajero: es el trabajo extraliterario de un afamado escritor.

Volvió a la tierra de su niñez como uno de los invitados estelares de la Feria Internacional del Libro de La Libertad, la cual se extiende hasta el 9 de junio de 2025.

Trujillo no es una ciudad extraña para el ganador del Premio Alfaguara 2023 —por su obra Cien cuyes—. Aquí vivió hasta su adolescencia. Aquí oyó las historias, las cuales son el insumo de su nueva obra Mamita, un texto que escribió para su madre.

Premio Alfaguara y su impacto

—¿Cuánto cambió tu vida personal y tu vida literaria a partir del premio Alfaguara?
—En lo personal y familiar no ha cambiado gran cosa, honestamente. Porque para mí, el premio Alfaguara termina en el momento que lo entregan y lo hacen público. A partir de ahí, empieza la etapa extraliteraria, mediática, industrializada, en relación con el libro. Es innegable que ganar un premio con esos reflectores, hace que te miren con otros ojos en ciertas instancias; pero no me dejo absorber por ellas.

—¿Cuál ha sido el origen de tu nueva novela, Mamita? ¿Las trabajaste antes o después de Cien cuyes?
Mamita nace de una larga deuda que tengo con mi linaje materno. Es la historia de cómo diablos hago para escribirle una novela a mi madre, a quien solamente le resta un libro por leer en su vida, y, también, cómo pongo en palabras estas historias que ella y su madre me contaban desde pequeñito acerca de mi abuelo mítico.

Porque para mí, el premio Alfaguara termina en el momento que lo entregan y lo hacen público. A partir de ahí, empieza la etapa extraliteraria, mediática, industrializada.

—¿Esas historias te las cuentan en Trujillo?
—El germen de este libro nace en Trujillo, cuando yo era niño. Fue en esta ciudad donde empecé a escuchar estas historias en las noches oscuras de boca de mi abuela y, después, de mi madre. Conforme me fui consolidando como escritor, más me preguntaba, ¿cuándo vas a escribir esa novela, Gustavo? Intenté hace 10 años, me documenté, investigué, tuve un primer borrador, pero lo dejé reposar. Y fue para bien porque creo que tenía pretensiones de novela histórica y yo no soy un escritor de novela histórica. Una persona que deja una obra debe saber cuáles son sus límites. Yo conozco mis límites. Lo mío son las pequeñas épicas domésticas.

Gustavo Rodríguez: Trujillo y yo

—¿Cómo eran esa «noches oscuras de Trujillo» donde te contaron esas historias?
—En la novela lo digo de alguna forma. Los primeros años en Trujillo los viví en una casa que era un depósito cerca del mercado Mayorista, en Palermo. A mi papá le entró la locura de que viviéramos allí mientras construía una casa en (la urbanización) San Andrés. Vivimos ahí casi 5 años. Y en esas noches con poca luz, mi abuela me contaba. Lo siguió contando en las noches en San Andrés —frente a la Universidad Nacional de Trujillo—. Eran historias sobre este hombre que conocía Gustavo Eiffel, a Julio Verne, que se había educado en Europa, que era el hombre más inteligente del mundo porque sabía cuánto pesaba la tierra. Cuando ya entré en edad de discernimiento, me propuse confirmar o desmitificar esos relatos, a través de la escritura.

—¿Cuál es lo más complicado o el gran desafío para desmitificar un recuerdo tan grande, de una persona tan cercana, como el abuelo?
—Está en cómo no desbaratar el mito de manera violenta ante mi madre, que es la persona que adora a su padre sin haberlo conocido. Te imaginarás la doble mitificación que puede haber ahí. Mi abuelo era un personaje asombroso. Entonces, el reto estaba en cómo ser amable al ser crítico de él.

—¿Cómo no fracasar en el intento, Gustavo? Es decir, que ese afán de amabilidad, terminar construyendo un personaje empalagoso, irreal.
—Yo creo que un personaje mientras más matizado es mejor, mientras más claroscuros tenga es mejor. Y, finalmente, eso es lo que termino por hacer. Por un lado, pongo en relieve la figura de mi madre, de mi abuela como detentoras de esa historia y, también, pongo a mi abuelo y a esa época tan problemática como la del caucho amazónico; la veo con ojos de hoy, pero sin olvidar que estoy hablando de un mundo que no es como el que conocemos hoy.

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—Una mirada a la Amazónica que no ha cambiado, una mirada centralista, muy desde el poder, incluso  desde el desconocimiento. Allí tenemos, al ministro de Educación achacando abusos sexuales a prácticas ancestrales.  
—El Perú no ha cambiado mucho en los últimos 125 años, que es el tiempo que revisa mi novela. Lo puede ver en el genocidio del Putumayo en la Amazonía: las víctimas no tenían apellido español. Y en la masacre de hace 2 años en el sur del Perú, por la represión del actual gobierno: nuevamente, las víctimas no tienen apellido español.

El Perú no ha cambiado mucho en los últimos 125 años, que es el tiempo que revisa mi novela. Lo puede ver en el genocidio del Putumayo en la Amazonía: las víctimas no tenían apellido español.

—La mayoría de víctimas del Baguazo, tampoco.
—Totalmente, o sea, se repite el esquema.

Has dicho que tu novela Mamita y 30 kilómetros a la medianoche están en el ámbito de la ‘literatura del yo’. ¿Cuáles son las virtudes de esta manera de entender la creación y cuáles, digamos, sus grandes desafíos?
—El gran desafío es cómo hacer que algo muy personal le importe a alguien que no conoces. Convertir eso que solo podría interesarte a ti o a tu familia en algo que podría interesarle a una comunidad. El gran reto está ahí en armar ese puente a través de la literatura.

Literatura del yo

—La literatura siempre es referencial, siempre tiene algo de nosotros. En Cien cuyes contaste que soterraste algo…
—Es que siempre soterro cosas de mí en mis novelas. Cuando uno lee a Karl Ove Knausgård y su epopeya de seis libros (novelas autobiográficas) muestra que es un gran escritor porque algo tan personalísimo, le llega a interesar a todo el mundo o al mundo lector. En mi caso, mi estrategia radica en no ser tan pegado al testimonio. O sea, yo fantaseo mucho con mi literatura. En Mamita hay cosas que son reales, pero ocurren dentro de una aventura que nunca existió. Un ejemplo, reviví a un personaje ficticio de 30 km a la medianoche que es Hitler Muñante, conductor de un auto. Él no existe, pero me encantó volverlo a traer para darle credibilidad a esta novela.

Gustavo Rodríguez, Feria del Libro, Mamita

—La figura del padre está muy presente en la literatura. Desde la revancha, el conflicto, la desmitificación…; pero hay poca tradición que dimensione la relación con los abuelos. ¿Cuáles han sido tus referentes para Mamita?
—Cuando yo escribo una novela no busco referencias. Temo contaminarme, temo a repetir sin querer temáticas, maneras de expresar.

—¿Y ahora en qué proyecto estás?
—Ahora me toca este ocupar mis días promoviendo la novela (Mamita), pero tengo en mente retomar una novela inconclusa, que va a ser muy lúdica, algo distinto a lo que escrito hasta hoy.

—Leí que querías que te recuerden a ti con una sonrisa. ¿Y cómo quieres que recuerden a tu obra?
—Igual.

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César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona"; en el 2023, "No todo se queda en la cancha". Terminó un doctorado en comunicaciones.