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Matanza en Pataz: «No podemos salvarnos de nosotros mismos»

La violencia avanza a paso firme en el Perú. El asesinato de 13 mineros nos refriega en el rostro que estamos en la barbarie.

No es la muerte de uno, sino el asesinato de muchos. No es el quién, sino el cómo. No es la víctima, sino el espectáculo del dolor. ¿Cuándo dejamos de matar personas para empezar a fabricar terror?

En Pataz, trece mineros fueron asesinados por mafias que matan por el control del oro. Atados, desnudos, humillados. La muerte no fue un accidente ni un error: fue un mensaje. ¿Qué sociedad necesita que el sufrimiento se vuelva público para que el miedo funcione como ley?

Las cifras se acumulan como cuerpos. Según el Sistema Informático Nacional de Defunciones (Sinadef) del Ministerio de Salud, han ocurrido más de 2000 homicidios en 2024, más de 700 en los primeros meses de 2025. Seis asesinatos diarios.

Pero los números no sangran. Sangran las familias, sangra la memoria, sangra el país.

Michel Foucault sostuvo que el poder se ejerce sobre los cuerpos, pero aquí el poder se ejerce sobre el alma. El asesinato colectivo es una pedagogía del miedo. El objetivo no es solo eliminar, sino enseñar a temer.

El poder se ejerce sobre los cuerpos, pero aquí el poder se ejerce sobre el alma. El asesinato colectivo es una pedagogía del miedo. El objetivo no es solo eliminar, sino enseñar a temer.

En el Perú, el sicariato y la extorsión han dejado de ser portadas de barrios peligrosos para convertirse en un diagnóstico necrófilo. El asesinato colectivo es la ceremonia de una sociedad que ha perdido el asombro ante el horror. La indiferencia se presenta donde no llega el horror.

Darío Sztajnszrajber, docente y filósofo, señala la violencia es una pregunta sin respuesta, pero aquí la violencia es una respuesta sin pregunta. Se mata porque se puede. Se tortura porque es útil. Se exhibe el dolor porque es rentable.

La deshumanización es el primer paso. El otro deja de ser persona y se convierte en un ejemplo. El asesinato colectivo borra la identidad.

¿Dónde se aprende a torturar? ¿En qué momento el dolor ajeno se vuelve una herramienta y no un límite? La violencia sin humanidad es la violencia que no reconoce al otro como igual, sino como obstáculo o mercancía.

Roberto Esposito, filósofo italiano, al hablar de lo común, manifiesta que compartimos lo que nos separa.

La violencia colectiva crea una comunidad del miedo: todos somos potenciales víctimas, todos somos espectadores forzados de la crueldad.

Pataz, Socavón

De acuerdo al Sinadef, La Libertad, Callao, Lima, Piura, Ica son las regiones con más homicidios.

El 38 % de los crímenes ocurren en la vía pública, el 70 % con armas de fuego. Pero la estadística no explica el ritual: la fila de cuerpos y el espectáculo mortífero que nos inmoviliza.

El asesinato colectivo es una coreografía de la crueldad. Hay directores, actores, público. El dolor es el guion. El silencio, la banda sonora. ¿Quién aplaude?, ¿quién se retira? Y ¿quién denuncia?

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Foucault anuncia que la violencia no es solo represión, sino producción. Aquí, la violencia produce indiferencia, miedo, sumisión y olvido.

¿Hasta qué punto el terror es más eficaz que la ley? El Estado declara emergencias, pero la emergencia es la normalidad. La policía llega tarde, la justicia nunca. El mensaje es claro: aquí manda el que puede torturar.

La tortura no es solo física. Es la espera, la amenaza, la incertidumbre. Es saber que puedes ser el siguiente. Es ver cómo el dolor se viraliza, cómo la muerte se convierte en tendencia.

En 2024, la Defensoría del Pueblo informó que la inseguridad ciudadana superó al desempleo como principal preocupación. El 87 % de los peruanos se siente inseguro.

Foucault anuncia que la violencia no es solo represión, sino producción. Aquí, la violencia produce indiferencia, miedo, sumisión y olvido.

¿Podemos imaginar una sociedad donde el dolor no sea espectáculo? ¿Dónde la muerte no sea mensaje? ¿Dónde el asesinato no sea colectivo? O, tal vez, solo sabemos sobrevivir en la trinchera del terror.

“Podemos salvarnos de una neurosis, pero no podemos salvarnos de nosotros mismos”.
– Jean Paul Sartre.

Johan Fiestas Chunga
Johan Fiestas Chunga
Desde muy chico abrazó su soledad para jugar y crear historias. Dice que el amor es imposible, pero es purito miedo al compromiso. Se enamoró del periodismo cuando le informó a la directora de su colegio sobre el bully del salón. Tiene calle por el barrio de su abuela materna y cultura por embutirse libros en vez de merendar. Se la da de antisocial, pero tonea como cumpleañero. Su fruta selecta es el kiwi de sabor agridulce como su infancia en Paita.