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Negro Pitingo: el brujo que sigue visitando a las mujeres del Perú

Los pobladores de una provincia de Piura crecen embebidos con la historia de un mulato de poderes sobrenaturales. En la actualidad, su tumba es el destino de mujeres y viajares que buscan favores.

Escribe Harena Celeste Montenegro Córdova

Los trabajadores del Cementerio San Isidro de Morropón están aburridos, molestos y cansados por culpa del Negro Pitingo. Por ello han sellado su tumba con cemento. Decenas de personas llegaban a visitar el féretro y generaban desorden. Además, los empleados están cansados de sacar fotos y ropa interior del nicho. 

Es una tarde del 5 de mayo del 2023 y el sol fogoso cae sobre el camposanto que lleva el nombre de un santo al que se le atribuye la gracia de conseguir agua y buenas cosechas. El aire mueve la copa de los árboles y al maltrecho techo de calamina que protege a duras penas la tumba de un personaje acusado de tener poderes sobrenaturales, de haber pactado con el diablo y de ser un amante bandido, entre otras señas.

Hay botellas vacías de agua florida, agua Kananga, tabú y rastros de velas blancas y negras.

“Mi familia me contaba que el Negro se convertía en un grande chancho y entraba a las casas de los morropanos para hacer sus maldades”, recuerda el vecino José Marqués de 75 años.  

A 96 kilómetros de Piura está Morropón, un pequeño pueblo que en verano soporta temperaturas que superan los 35 grados. Es normal que la gente camine empapada de sudor.

 

Pitingo
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En este lugar, entre el 1705 y 1708, nació el tondero, un baile que se parece mucho a la danza bandera del Perú: la marinera. Aquí también emergió la cumanana, un canto improvisado y que tiende al duelo de versos entre dos o más personas. 

Las cumananas tienen la melodía sensual del tondero. En general cantan sobre el amor, trabajo de campo, la mala suerte y la muerte, entre otros temas. Morropón, se jactan sus pobladores, es “Cuna y Capital del Tondero y la Cumanana”.

El mismo que viste y calza

Maximiliano Espinoza Mocarro, el Negro Pitingo, era un descendiente de los machos, aguerridos y morenos peones, quienes poblaron las antiguas haciendas de los blancos intocables del Corral del Medio, un pueblo entre la Pampa de la Hacienda hasta el Ingenio de Buenos Aires. 

Usaba un sombrero de copa alta que casi cubría sus ojos, pantalón blanco almidonado de tocuyo, al igual que su camisa. Caminaba con botas largas y espuelas de plata. En su pequeño cuello colgaba un pañuelo rojo que anudaba con un aro de oro. 

“Don Maximiliano era de mediana estatura, corpulento, zambo, negro tinto a mucha honra y un poquito corpulento. Un hombre que vestía muy bien, muy presentable, muy respetado, tal vez, por el poder mágico que tenía”, cuenta el escritor Agustín Hernán Montalbán

Era el ‘maestro’ de las mujeres de la hacienda, a quienes les leía las cartas y les hacía algún ‘trabajito’, como el lograr que sus esposos no las dejaran. La Real Academia Española señala que el “arte vano y supersticioso de adivinar el futuro por medio de los naipes” es la cartomancia.

Decenas de personas llegaban a visitar el féretro y generaban desorden. Además, los empleados están cansados de sacar fotos y ropa interior del nich

El día de Dios, —domingo—, solía ser invitado por los mismos hacendados a las jaranas que celebraban con frecuencia. Se concentraban en las haciendas de Salitral, La Pilca, Morropón y Franco.  Recitaba hermosas cumananas, entonaba melodías admirables con su guitarra y zapateaba la danza genuina de Morropón: el tondero. 

Destacaba, además, por su gusto por las peleas de gallos. Entrenaba a dos de estas aves, que nunca perdían. 

En el pueblo, un blanco se ufanaba de ser el más ‘aventajado’, es decir, tener el miembro viril más grande, y retaba a quien se le cuadraba al frente. Hasta que chocó con el Negro Pitingo. 

-Te apuesto mi mula por tus dos gallos −planteó el blanquito.

La expectativa era tan grande que, incluso, las mujeres se estiraban lo más que podían para ver la competencia, en especial, lo que enseñaría el Negro. Luego de atestiguar, los que traía su rival, el blanco exclamó:

-¡Eres el diablo! ¡Tú ganas!

Pitingo se acercó a la mula y la besuqueó. Desde ese caluroso día se convirtió en su compañera de vida. 

Pitingo y el garbo

Cuando llegaba la noche y la luna brillaba junto a las estrellas, Pitingo montaba su animal. Las calles se tornaban sólidas y apenas se escuchaban los aullidos de los perros junto con los pasos de la mula. Las cortinas se abrían y cuerpos escarapelados lo observaban. Todos le temían al Negro.

Solía ir de paseo a Chulucanas. Dejaba a la acémila suelta y cuando regresaba la encontraba tal cual. 

Con frecuencia, era perseguido por bandoleros que buscaban hacerle daño por encargo. Si su mula se paraba en seco, era señal de que no debería seguir. Con sus grandes pezuñas golpeaba el piso con fuerza. Se cuenta que el animal tenía ‘visiones’ y cuidaba con alevosía a su dueño. 

Se dice, además, que cuando el peligro lo acechaba, el Negro se convertía en una picota o en una piedra para despistar a sus perseguidores. La mula desapareció el día que murió Pitingo, nadie volvió a saber de este animal.

Tierra de brujos

Huancabamba es considerada cuna del curanderismo peruano. Es el escenario del Congreso Regional de Medicina Ancestral y Esotérica. Las Huaringas es una de las 14 lagunas, reconocida por sus propiedades curativas, es un espacio para disfrutar del misticismo y de la magia de los rituales que los maestros curanderos arman en las orillas.

A Pitingo se le conocía por sus actos brujeriles. Era hechicero y, a la vez, curandero, famoso por las mesadas que celebraba. Temido por haber matado por encargo a mucha gente. Se creía que estaba compactado por el demonio. Se convertía en un enorme chancho o en otro raro animal por las noches. 

Las Huaringas, en la sierra de Piura, es uno de los puntos principales del curanderismo en el Perú. (Foto: Andina).
Las Huaringas, en la sierra de Piura, es uno de los puntos principales del curanderismo en el Perú. (Foto: Andina).

En Anales de la Inquisición de Lima, se señala que “en cuanto al pacto con el demonio, varios eran los modos de realizarlo. Hacíasele aparecer pronunciado cierto conjuro o degollando una gallina negra y enterrándola con ciertas ceremonias y palabras mágicas”. 

Se cuenta que los trabajos del Negro duraban de cinco a seis horas y siempre llevaba envuelto un brilloso poncho oscuro y entre un ruidoso remolino desaparecía por los aires convertido en el enorme pájaro. Sin embargo, algunos relatan que estos hechos son falsos de toda falsedad.

Cada vez que hacía sus ‘trabajitos’ se escuchaba como el aire rugía, las gotas golpeaban por las noches, los árboles crujían y las hojas caían rápidamente. Empleaba plantas especiales en sus mesadas: el san pedro, era uno de los más importantes, velas negras, muñeco de hechicería, perfume sígueme-sígueme, el cual se usa para dominar y conquistar al ser amado.

El Ministerio de Cultura declaró, el 17 de noviembre del 2022, mediante la Resolución Viceministerial N° 00252-2022 al san pedro, como Patrimonio Cultural de la Nación. Ahora no es una planta cualquiera, sino que está protegido para la práctica del curanderismo en el Perú. 

Vanidoso

Suena raro escuchar Pitingo. Quizá muchos no lo hayan oído. La mayoría de morropanos creen que Maximiliano Espinoza Mocarro llevaba ese nombre por el color de su piel; sin embargo, ‘pitingo’, en la lengua gitana, significa presumido, vanidoso, engreído.

Los trabajos del Negro duraban de cinco a seis horas y siempre llevaba envuelto un brilloso poncho oscuro y entre un ruidoso remolino este desaparecía por los aires convertido en el enorme pájaro negro.

Pitingo se casó con Santos Cornejo Cienfuegos, con quien procreó varios hijos, uno de ellos falleció. Vivió en La Pilca. En la actualidad, tiene dos nietos vivos y un hijo, a quien se le ha visto por Olmos, Lambayeque. Todos lo defienden a capa y espada. No les gusta que hablen de él. 

El artículo Brujos y brujas en el antiguo Perú reúne datos históricos, en los cuales se demuestra que en el antiguo Perú existían individuos que practicaban la brujería para dañar a otros miembros de la sociedad.

La libreta

La vida del Negro Pitingo está condimentada por una bendita libreta. Cuando fallece, su viuda, forrada de negro, llevaba consigo, envuelta en una bolsa de plástico, un cuadernillo, en el que se escribió los nombres de las personas que su esposo atendió. Además, la identidad de las mujeres que habían sido suyas en agradecimiento a sus hechizos.

Se cuenta que Santos no sabía leer, pero los blanquitos sí. Ellos se enteraron de esta famosa libreta y les quemaba las ansias por conocer el nombre de las infieles. Entonces, juntaron unas libras esterlinas y las canjearon por la famosa libreta. Decidieron leerla en una reunión exclusiva para varones. 

En una tarde de sol ardiente, como acostumbraba ser en la Pilca, el blanquito Pedro, quien era la única persona que podía descifrar la letra —poco legible del Negro—, comenzó en silencio a revisar hoja por hoja y, luego, miró hacia el cielo radiante azul y se persignó. 

-No aparece mi mujer, pero sí están las mujeres de seis de ustedes y con tres rayitas. El negro ya está muerto y nosotros muy viejos, por lo que aquí no ha pasado nada −exhortó.

Se acercó a la fogata y dejó caer la importante libreta. Con el tiempo, el blanco se llevó a la tumba lo que leyó en ese documento. 

Lo adoran

Muchos pobladores narran que Pitingo hacía suyas a sus comadres, quienes le ‘agradecían’ por los servicios prestados.  Las que no querían estar con él, las alocaba hasta matarlas. 

-Yo iba a coronarlo cuando tenía quince años, le llevaba sus floridas porque él ha sido brujo y por las noches llegaba a visitarme, no físicamente; sino su sombra, me tapaba y me tocaba −narra Katerine, de 37 años.

Otra mujer, de 40 años, madre de dos hijos, cuenta que una vecina robó del tendal de su corral sus prendas íntimas. “Fui a hacerme ver a un brujo para saber sobre la desaparición de mi ropa interior y me dijo que estaban en la tumba del señor Pitingo. Me dijo que las habían dejado allí para que yo adelgazara, enferme y fallezca. Fui a la tumba y encontré mis prendas íntimas −asevera.

La vida y obra de Maximiliano Espinoza Mocarro ha traspasado fronteras. Hace un tiempo, llegó una camioneta desde Ecuador. Los pasajeros preguntaron por la tumba del Negro Pitingo y le regaron dos frascos grandes de colonia, bajaron un hermoso y llamativo arreglo floral, y pidieron lo que necesitaban porque había escuchado hablar del inmenso poder que tiene.

Los trabajadores del cementerio San Isidro cuenta que, de manera frecuente, llegan dos señoritas a beber vino hasta marearse en la tumba de Pitingo.

Inmortal

Pitingo montó su mula, se hace el nudo en el pañuelo rojo que rodeaba su cuello y enrumba al cementerio del pueblo. Después de rezar a sus ancestros, regresó radiante. Al ingresar por la plaza cogiéndose el pecho se desvaneció. Segundos después murió.  

Se cuenta que siete brujos lo intentaban matar. El Negro al ser el “mismo diablo” resucitó tres veces, se llevó sus más oscuros secretos a la tumba para, tal vez, nunca ser descubiertos. Al menos, eso es lo que se cuenta hasta la fecha en Morropón, la “Cuna y Capital del Tondero y la Cumanana”.

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