Manuel Laurente: lo que no tiene nombre

Sentado como un jefe indio, Manuel Laurente Mejía lava una silla de plástico en la entrada de su vivienda. Desde allí dirige al resto de personas —jóvenes, adultos y mujeres— que están desenterrando su casa.

-Uno se esfuerza tanto por tener sus cosas y…

Calla porque hay cosas que no se pueden nombrar. No usa palabras, sino el movimiento de su rostro para que miren con él todo a su alrededor. Todo lo que lo circunda es una desgracia. 

-A quién le echas la culpa. ¿A Dios? ¿Al hombre? 

Las palabras, escribió Aldous Huxley pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Manuel Laurente es una víctima sin victimario. Un agredido sin agresor. Entonces, esconde sus labios y menea la cabeza. Los vidrios de sus lentes están humedecidos. “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios”, versó Vallejo. 

-¿A quién culpas?

Alza la voz. 

 -A nadie.

Baja la voz.

-De esto no tiene culpa nadie.

Una vez más, alza la voz, grita. Tal vez, para olvidar pronto. Es inevitable no pensar en una cumbia triste de Armonía 10: “Y quisiera gritar y gritar para poderte olvidar, olvidar”.

Wichanzao. Manuel Laurente Mejía tiene cinco hijos.
El día de la tragedia intentó salvar sus bienes, pero fue imposible. (Foto: César Clavijo A.)
Manuel Laurente Mejía tiene cinco hijos. El día de la tragedia intentó salvar sus bienes, pero fue imposible.

El hombre de 58 años y padre de cinco hijos vuelve a mojar sus manos en una agua marrón que sirve para sacar el barro de una mesa enana de plástico. El día de la tragedia, él intentaba rescatar algunos enseres; pero desde el segundo piso su familia le gritaba. Gordo, ya deja allí. Él luchaba. Sálvate, gordo. Él veía que esa serpiente de barro que es un huaico estrujaba sus cosas, y se rindió. Subió a su segundo piso. 

Manuel Laurente: culpable y qué

¿Y si no es el hombre? y ¿si no es Dios?; entonces, ¿quién? El filósofo Fernando Savater señala que necesitamos hacer preguntas para resolver nuestros problemás: “Hacemos preguntas para aprender a vivir mejor”. 

Desde su programa, La Encerrona, Marco Sifuentes aporta que los desastres de Yaku no son obra de la naturaleza. “Esto ya se sabía que iba a pasar”, apuntala el periodista. 

Juvenal Medina Rengifo, experto en estimación, prevención y reducción del riesgo de desastres, señala que el riesgo por lluvias y desbordes en el Perú no debe ser coyuntural, sino permamente. 

Las palabras, escribió Aldous Huxley pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Manuel Laurente es una víctima sin victimario. Un agredido sin agresor. Entonces, esconde sus labios y menea la cabeza.

En Wichanzado, aún sentado como jefe indio, Manuel Laureano se resigna con una pregunta: “¿Qué vas a hacer? Sus lentes empañados ceden y muestran unas pupilas dilatadas y rojas. 

Él y sus vecinos sabían que la quebrada Cabras volvería a pasar por sus casas, tal como lo hizo en el 2017. “Ahora nos ha sacado la mugre. Este año ha sido tres veces más que el 2017”, compara. 

Aquella vez, en pleno fenómeno de El Niño Costero instalaron, calles arriba, defensas para evitar la avenida del agua. Lo lograron en algo. El agua llegó, pero poca. Entonces, ellos y las autoridades hablaron de estrategias, de obras, de acciones para detener los huaicos.

Manuel Laurente recuerda: se habló de canalizar la quebrada, se habló de levantar defensas en las calles de la parte alta de Wichanzao y, en especial, se habló de expropiar un terreno para construir un canal que evacúe, de su cuadra, las aguas tanto de lluvia como de la quebrada cuando se active. “Nada de eso se ha hecho”, lamenta.

La historia es siempre y ante todo una elección y los límites de esa elección, escribió, el siglo pasado, Roland Barthes. Muchos años después, uno de los personajes de Santiago Roncagliolo estudiaba historia del Perú con la sensación de que la historia nunca cambia, en realidad, solo es un continuo presente inmutable. 

¿Cuáles son los límites para los vecinos de esta zona despellejada por el huaico? Manuel Laurente sigue lavando y ordenando la limpieza de su casa, de donde no piensa moverse. 

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Calla porque hay cosas que no se pueden nombrar. No usa palabras, sino el movimiento de su rostro para que miren con él todo a su alrededor. Todo lo que lo circunda es una desgracia. 

-A quién le echas la culpa. ¿A Dios? ¿Al hombre? 

Las palabras, escribió Aldous Huxley pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Manuel Laurente es una víctima sin victimario. Un agredido sin agresor. Entonces, esconde sus labios y menea la cabeza. Los vidrios de sus lentes están humedecidos. “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios”, versó Vallejo. 

-¿A quién culpas?

Alza la voz. 

 -A nadie.

Baja la voz.

-De esto no tiene culpa nadie.

Una vez más, alza la voz, grita. Tal vez, para olvidar pronto. Es inevitable no pensar en una cumbia triste de Armonía 10: “Y quisiera gritar y gritar para poderte olvidar, olvidar”.

Wichanzao. Manuel Laurente Mejía tiene cinco hijos.
El día de la tragedia intentó salvar sus bienes, pero fue imposible. (Foto: César Clavijo A.)
Manuel Laurente Mejía tiene cinco hijos. El día de la tragedia intentó salvar sus bienes, pero fue imposible.

El hombre de 58 años y padre de cinco hijos vuelve a mojar sus manos en una agua marrón que sirve para sacar el barro de una mesa enana de plástico. El día de la tragedia, él intentaba rescatar algunos enseres; pero desde el segundo piso su familia le gritaba. Gordo, ya deja allí. Él luchaba. Sálvate, gordo. Él veía que esa serpiente de barro que es un huaico estrujaba sus cosas, y se rindió. Subió a su segundo piso. 

Manuel Laurente: culpable y qué

¿Y si no es el hombre? y ¿si no es Dios?; entonces, ¿quién? El filósofo Fernando Savater señala que necesitamos hacer preguntas para resolver nuestros problemás: “Hacemos preguntas para aprender a vivir mejor”. 

Desde su programa, La Encerrona, Marco Sifuentes aporta que los desastres de Yaku no son obra de la naturaleza. “Esto ya se sabía que iba a pasar”, apuntala el periodista. 

Juvenal Medina Rengifo, experto en estimación, prevención y reducción del riesgo de desastres, señala que el riesgo por lluvias y desbordes en el Perú no debe ser coyuntural, sino permamente. 

Las palabras, escribió Aldous Huxley pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Manuel Laurente es una víctima sin victimario. Un agredido sin agresor. Entonces, esconde sus labios y menea la cabeza.

En Wichanzado, aún sentado como jefe indio, Manuel Laureano se resigna con una pregunta: “¿Qué vas a hacer? Sus lentes empañados ceden y muestran unas pupilas dilatadas y rojas. 

Él y sus vecinos sabían que la quebrada Cabras volvería a pasar por sus casas, tal como lo hizo en el 2017. “Ahora nos ha sacado la mugre. Este año ha sido tres veces más que el 2017”, compara. 

Aquella vez, en pleno fenómeno de El Niño Costero instalaron, calles arriba, defensas para evitar la avenida del agua. Lo lograron en algo. El agua llegó, pero poca. Entonces, ellos y las autoridades hablaron de estrategias, de obras, de acciones para detener los huaicos.

Manuel Laurente recuerda: se habló de canalizar la quebrada, se habló de levantar defensas en las calles de la parte alta de Wichanzao y, en especial, se habló de expropiar un terreno para construir un canal que evacúe, de su cuadra, las aguas tanto de lluvia como de la quebrada cuando se active. “Nada de eso se ha hecho”, lamenta.

La historia es siempre y ante todo una elección y los límites de esa elección, escribió, el siglo pasado, Roland Barthes. Muchos años después, uno de los personajes de Santiago Roncagliolo estudiaba historia del Perú con la sensación de que la historia nunca cambia, en realidad, solo es un continuo presente inmutable. 

¿Cuáles son los límites para los vecinos de esta zona despellejada por el huaico? Manuel Laurente sigue lavando y ordenando la limpieza de su casa, de donde no piensa moverse.