InicioFrutos Extraños"El robo de Fiorella", un cuento de César Clavijo Arraiza

“El robo de Fiorella”, un cuento de César Clavijo Arraiza

Fiorella llora en el parque porque le han robado. No lleva maquillaje y, por eso, las lágrimas resbalan sobre su rostro delineando un riachuelo recto y transparente.

El parque huele a césped recién cortado y su cabello, a champú. Vive a una calle. Cuando terminó de ducharse para ir a la universidad, se dio cuenta de que le faltaba el dinero que juntó durante todo un año.

Roberto, quien pasea con su perro, se anima y le habla, a pesar del temor de ser rechazado. Fiorella voltea para secarse las lágrimas y limpiarse la inundada nariz. Roberto le extiende un pedazo de papel higiénico. Siempre lleva uno en los bolsillos. Puedo ayudarte, insiste. El pastor alemán ladra. “Él también está preocupado y pregunta si puede ayudarte”, bromea. Fiorella expande los labios en busca de una sonrisa, pero estos tropiezan con su dolor y se quedan a mitad de camino.

La media sonrisa de Fiorella le da confianza a Roberto. “Ya te hemos ayudado un poquito”, dice. Y ríe de buena gana al mismo tiempo que acaricia la cabeza de su compañero. Esta vez ella sonríe abiertamente y observa al perro. Le toca el lomo y se encuentra con una piel que le recuerda a uno de los blazers de su padre.

Se corre al extremo de la banca para que Roberto se acomode y le pregunta si su animal ha mordido a personas. Varias veces. Brusco ha pertenecido a la Policía canina y fue entrenado para atacar. “En su legajo tiene muchas acciones destacadas”, evoca Roberto.

“Por edad fue dado de baja. Pero no parece viejo. Está viejo para la Policía; para mí está perfecto. La semana pasada aquí mismo atrapó a un ladrón que le robó el celular a una chica”.

Ilustración para el cuento de César Clavijo titulado El robo de Fiorella.

En ese instante, Fiorella vuelve a llorar. Roberto no la interrumpe.

-¿Te han robado algo?

-¡Todos mis ahorros! ¡Todos! ¿Y sabes quién fue? Mi hermano.

Roberto empezó a frecuentar el parque una semana antes del encuentro con Fiorella, siempre acompañado de Brusco. Al vigilante le disgustaba su presencia porque, por momentos, Roberto soltaba al perro para que corriera libre y, un día, se olvidó de levantar la caca que Brusco depositó en el césped.

Al día siguiente, cuando el hombre lo increpó por la omisión, Roberto se defendió, restregándole todas las leyes sobre las libertades y el buen trato a los animales.

Pese a su aflicción por el dinero perdido, Fiorella disfruta de la compañía de Roberto y valora su esfuerzo por hacerla reír. Se nota que el joven va al gimnasio. “No, yo hago ejercicio en casa. Tengo unas máquinas que me regalaron unos tíos”.

También le parece un tipo instruido, culto. Le habla de películas, series y libros para nada tontos. Al contrario, son obras que conmueven, interpelan y hacen pensar.

También le cita las leyes que sirven para castigar el hurto. Ojo, lo que te ha pasado a ti no es robo, sino hurto. Y hasta le refiere el hallazgo de un sicólogo de una universidad de Estados Unidos: en un primer encuentro, las personas que recién se conocen mienten entre dos y tres veces durante los diez minutos iniciales de su conversación.

La voz de Roberto es música para los oídos de Fiorella. De súbito, ella recuerda la charla que sostuvo, apenas dos noches antes, con su amiga Pola respecto de si, en el amor, lo ideal es encontrar a una media naranja o a un polo opuesto. No termina de revivir por completo ese episodio porque Brusco ladra tan fuerte que silencia todos los sonidos adyacentes. “¡Algo va a pasar!”, dice Roberto exagerando. Fiorella lo mira asustada, se pone de pie y, en un acto reflejo, como si buscara protección, se frota el pecho.

Brusco ladra más alto. “¡Algo va a suceder! ¿Escuchas?”. Por una de las esquinas del parque ingresa un sonido como de locomotora. Enseguida aparece un camión destartalado. El oído del perro es mil veces superior al del hombre, explica Roberto riéndose.

Los perros pueden sentir antes que el humano cuando ocurre un terremoto. Sigue riendo Roberto y para salir del momento pregunta: “¿Qué películas de perros viste?”. Fiorella, sonrojada, se vuelve a sentar, ya sobrepuesta del susto. Minutos después, ella le propone: “¿Me ayudas a vengarme?”.

Roberto acepta. Irá a casa de Fiorella donde está el hermano y, ayudado por Brusco, lo forzará a que le devuelva lo hurtado.

Fiorella, de 22 años, vive con su hermano de 19 en el primer piso de un edificio de departamentos desde que su madre viajó a Estados Unidos. Los dos estudian en la universidad y viven de la pensión de su padre —de quien no habla— y del dinero que les envía su madre; pero Fiorella, cansada de depender de esas asignaciones, divide las clases de Arquitectura con un trabajo de medio turno.

Lo que ahorró durante un año para visitar a su madre desapareció en manos de su hermano, que no puede escapar de la trampa de una droga novísima: las apuestas en línea. A la primera que gane te devuelvo todo y con intereses, le mintió al ser descubierto.

La casa está sola y desordenada. Fiorella y Roberto se sientan en la sala a esperar y dudan sobre si sería bueno sacar a Brusco a la calle. Hablan del cuadro principal de la casa: una valiosa obra de Pedro Azabache. Roberto recuerda que visitó una exposición del artista mochero en una sala limeña. Le cuenta a Fiorella que trabajó en casa de un abogado poseedor de una colección completa del ilustre costumbrista, pero que a esa pintura nunca la había visto.

Esperan algo menos de media hora. Fiorella enciende el televisor y va su cuarto a alistarse: debe ir a la universidad. Señala una foto de su hermano colgada en la pared. Es él. Roberto asiente.

Minutos después, Fiorella sale maquillada y bien perfumada. Su hermano no ha llegado. Ni Roberto ni Brusco están. Tampoco el cuadro de Azabache.

César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
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