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“El hombre que no tiene nada de lindo, pero varios quisiéramos parecernos a él”

El periodista Sharles Hernández Neyra ha escrito un libro sobre la vida del ídolo de Universitario de Deportes, José 'el Puma' Carranza. Gracias a la editorial Infolectura presentamos los primeros capítulos de la obra.

“Hay héroes inalcanzables, que hay que mirar al cielo para poder verlos. Pero hay otros, los que transitan por tu vera, que te cruzas con ellos y ese es José Luis Carranza, el hombre que no tiene nada de lindo, pero varios quisiéramos parecernos a él”, dice Fernando Dávila, periodista del diario Trome sobre el excapitán de Universitario de Deportes.

Es certera la apreciación de Dávila. Con semejante tasación, Sharles Hernández Neyra repasó la carrera de Carranza, desde sus inicios hasta el día de su retiro y el resultado es un libro que reivindica a un personaje especial, que hoy muchos hinchas cremas extrañan.

El Puma: el último caudillo crema

La casa del “Puma”
Si el viejo estadio “Lolo” Fernández hablara, tendría miles de historias por contar. Comenzaría diciéndonos que, en el corazón de Breña, con una camiseta crema en el torso y una “U” en el pecho, se podía ser feliz. O tal vez nos relataría cómo la “Trinchera Norte” fue surgiendo en aquel lejano 1988. Acaso nos contaría las innumerables y épicas jornadas en las que Universitario logró una victoria. Incluso, podríamos saber lo que era estar en medio de la cancha o entre la ruidosa música de sus tribunas, coreando a Teodoro, el máximo ídolo del club, al que el estadio rinde honores. Sí, sería interesante conocer las anécdotas del “Cañonero” y todas las jornadas en las que, con su potente disparo, rompía redes y ponía a festejar a la fanaticada merengue. Estoy seguro de que todo aquel que se jacte de ser hincha crema moriría por hacerle una pregunta al icónico jugador, el más trascendente en la historia del club.

Sería increíble saber también lo que se sintió dar la vuelta olímpica aquel 8 de noviembre de 1992, una tarde en la que la “U”, luego de vencer 4-1 a San Agustín con tantos de Ronald Baroni, César Charún, José Carranza y Tomás Silva, logró su título número 20. El viejo estadio fue testigo de lo difícil que resultó conseguir una entrada para aquel partido y de las tremendas colas que se armaron. Y, claro, explicaría lo que significó aquel único festejo en esa mágica cancha. El llanto, la alegría, los besos y los innumerables “Y dale U” que gritaron los hinchas al ser felices por noventa minutos. Si ese mismo estadio hablara, sabríamos de primera mano los detalles de su inauguración, un 20 de julio de 1952, y lo bien que se habría sentido gritar uno de los tres goles que Lolo Fernández le marcó a la Universidad de Chile.  También nos enteraríamos de lo mucho que costó poner la primera piedra del estadio o cómo llevaron los tablones del antiguo Estadio Nacional del Perú, para felicidad de los fanáticos merengues que tuvieron el lujo de sentarse alguna vez en la tribuna occidente. Ah, si ese viejo estadio crema pudiera articular palabra alguna, podríamos saber pasajes ocultos de la historia de Universitario de Deportes, el cuadro que más veces se coronó campeón en el fútbol peruano.

En párrafo aparte, el “Lolo» también nos diría cuánto costó la despedida el día en que el club se marchó al Monumental de Ate. O, incluso, cuánto dolió el hecho de su posterior abandono. Sí, ese estadio es historia pura, es mística, es garra, es Universitario de Deportes. El “Lolo” Fernández siempre fue la casa, el templo de los cremas. Y, por supuesto, también fue el hogar y el santuario de un tipo que llegó todo flaquito, con muchos sueños y cosas cargadas dentro de una bolsa. Su nombre: José Luis Carranza, quien luego sería conocido en el ambiente futbolístico como el “Puma”. El último gran exponente que tuvo la garra crema. Él es la historia viva del club, un ídolo de carne y hueso.

Al pie de la tribuna occidente del “Lolo” Fernández comenzó la historia del “22”, el que para muchos es el segundo ídolo más importante de Universitario. En Breña, aprendió a querer a la “U”, viendo a los más grandes. En el mítico estadio inaugurado en 1952 se hizo gigante. El Lolo no puede hablar, pero José Luis sí (más allá de las consabidas bromas sobre su “locuacidad”). Esta es la historia del gran ídolo crema.

Sus primeros años
A don Roberto Carranza todos lo buscaban. Él había tenido un paso por el fútbol de ascenso; era centro delantero, le decían “Galletita” y hasta jugó con César Cueto en El Peruano, un equipo de segunda división (aunque no tuvo la fortuna de llegar tan lejos como el “Poeta de la Zurda”). Ya alejado del deporte rey, decidió tomar otros rumbos: trabajó como albañil y era de los mejores dentro del rubro en el Rímac. Incluso, muchos ingenieros llegaban a buscarlo para ver los planos y contratarlo.

Roberto Carranza era el líder de una familia numerosa. En total eran once los integrantes. Su pareja era doña Rosa Vivanco. Uno de los hijos de ese hogar era José Luis, el chico que creció admirando a su padre, a quien consideraba su ídolo, su héroe. En realidad, quería ser como él. ¿Quién no ha soñado alguna vez repetir o mejorar lo hecho por su viejo?

De su padre, el “Puma” aprendió las cosas simples, aquellas que no son sencillas de encontrar en la vida. Hablamos de esas cosas que no todos los seres humanos tienen. Él le inculcó valores que le sirvieron a lo largo de la vida. Uno de ellos: la humildad. Son muchos los que salen de abajo, pero pocos, muy pocos, los que no se agrandan y a los que el hecho de tener un poco de dinero no los cambia y los nubla.  Don Roberto también le enseñó que para conseguir algo en la vida uno tenía que ser disciplinado. Siempre le hablaba y aconsejaba sin imaginarse quizás qué tan lejos podría llegar su hijo.

José Luis, lamentablemente, no tuvo a su padre toda la vida. Él no lo pudo gozar como hubiese querido. A los diez años lo perdió y se quedó a merced de la calle, en un barrio complicado, una zona difícil en la que el volante vio de cerca todo lo malo: drogas, delincuencia, prostitución y todo loque se pueda desprender de ello. Todo en un solo lugar.

Ese fue el golpe más duro que recibió. Le costó mucho levantarse. Por aquellos años, él jugaba al fútbol en su barrio y no se imaginaba ser un deportista profesional. Eso era algo que por aquella época ni siquiera pasaba por su cabeza.

¿Qué quería ser el “Puma” entonces? Algo a lo que muchos chicos de bajos recursos aspiran: policía. Uno de los motivos que lo llevó a tomar esa decisión es que nunca le gustaron las injusticias. Sí, desde muy pequeño peleaba si a algún amigo le robaban, lo molestaban o cuando simplemente se querían pasar de vivos con los suyos. Si esa aspiración hubiese prosperado, si el destino hubiese confabulado hacia esa opción inicial, hoy estaríamos quizás ante el coronel Carranza. Pero el destino, ya se sabe, es inescrutable, y le tenía preparado otro camino.

En casa muchas veces no había qué comer. Entonces tuvo que “recursearse”, salir a la calle para poder ganar unas monedas. Todo “cachuelo” era bueno para llevar un pan a la boca. Así, hubo ocasiones en las que pintó casas, vendía frutas o, en navidad, aprovechaba y comercializaba alguna tarjeta. Y, claro, también estaba dispuesto a realizarle cualquier mandado a algún vecino con tal de obtener una propina.

El “Puma” solo le pegaba al balón por diversión, hobby o como quieran llamarlo. Incluso hasta era volante. Sí, el encargado de crear fútbol, uno talentoso, un “diez”. Aún más: pateaba los tiros libres.

Sharles Hernández Neyra cuenta aspectos poco conocidos de José Luis Carranza, el chico que pensaba en ser policía. (Foto: Infolectura)

Precio del libro: 35 soles. Mayores informes en Infolectura: 933 153 691.